El lago de mi pueblo tiene una fama amable: devuelve las cosas. Se te cae un remo, un llavero, una gorra —al día siguiente amanece en la orilla este, ordenadito sobre las piedras, como si alguien lo hubiera dejado ahí con cuidado. Los turistas lo celebran. Los del pueblo damos las gracias sin mirar mucho al agua.
Porque los del pueblo sabemos la segunda parte: el lago devuelve lo que se le cae. Lo que se lleva a propósito, no.
Cada tantos años desaparece un nadador. Siempre de noche, siempre alguien que entró solo. Los buzos de rescate bajan y suben con las manos vacías y una cara que no es de fracaso sino de otra cosa, una cara de haber preferido no ver el fondo. El expediente dice corrientes frías. El pueblo dice que el lago cobra renta.
Mi abuelo fue lanchero cuarenta años. Una noche de agosto, ya muy anciano, con el vaso de mezcal que le teníamos prohibido, me contó lo que vio en 1973. Remaba de regreso tarde, sin luna. A veinte metros de la orilla, su lancha dejó de avanzar. No encalló: dejó de avanzar, como detenida por una mano. Y alrededor del casco, dijo, el agua se puso atenta. Esa fue su palabra. Atenta.
Debajo de la lancha pasó algo largo. No un pez grande, aclaró, porque los peces tienen prisa y esto no tenía. Tardó en pasar lo que tarda un tren de carga, y mientras pasaba, el agua se quedó tan quieta que mi abuelo podía ver las estrellas reflejadas, perfectas, sin un temblor — y entre las estrellas reflejadas, dos que no estaban en el cielo. Dos puntos pálidos, muy abajo, mirándolo.
Dijo que no remó. Que sabía, con un saber viejo que no le había servido nunca hasta esa noche, que remar era declararse comida. Se quedó quieto con los remos en alto, goteando, los minutos más largos de su vida, hasta que las dos estrellas de abajo se apagaron —no se fueron: se apagaron, como quien cierra los ojos— y la lancha volvió a moverse sola, empujadita, derecho a la orilla.
El lago lo había devuelto. Como a los remos. Como a las gorras. Esa noche mi abuelo entendió la regla completa y por eso llegó a viejo: el lago devuelve lo que se le cae. Y esa noche, él se había caído — todavía no era suyo.
Nunca volvió a salir después del atardecer. Y a mí me hizo jurar dos cosas: no nadar de noche, y no llevarme nunca, nunca, ni una piedra del lago. «Porque entonces le debes», dijo. «Y él sí sabe cobrar.»
La camiseta Criatura del Lago nació de esta historia. El diseño muestra solo la mitad de arriba. La de abajo preferimos no dibujarla.