La Barredora
En Puerto Calavera, alguien barre la playa cada noche y deja la arena sin una sola huella. Esta vez el camino limpio llegó hasta la puerta.
En Puerto Calavera, alguien barre la playa cada noche y deja la arena sin una sola huella. Esta vez el camino limpio llegó hasta la puerta.
En mi pueblo, un perro gris se echa frente a la casa de quien va a morir. Llevo treinta y un años anotándolo. Anoche se echó frente a mi puerta, y luego cruzó la calle.
Mi tía me heredó una casa, tres gatos que huyeron y un oso de peluche que cada noche se sienta contra la puerta. Aprendí tarde lo que vigilaba.
Mi tío Anselmo armaba cada invierno un rompecabezas de mil piezas y siempre dejaba vacío el hueco del ojo. Cuando heredé la caja, entendí por qué.
En el patio de mi abuela hay una sábana que nadie lavó y que nadie se atreve a descolgar. Espera a alguien, y cada semana le queda un poco más ajustada la forma.
En la sierra, los arrieros cuentan los pasos en la nieve para saber quién camina delante y quién detrás. Hay algo en el Cerro Blanco que ya aprendió a caminar como uno.
En Tepetlán, el salón de arriba de la mercería lleva veintiséis años cerrado con llave. Adentro alguien sigue ensayando una variación que nunca terminó, y últimamente ya llegó al final.
En Los Fresnos hay una taza que revela una calavera de toro cuando le cae el café hirviendo. No le aparece a todos, y a quien le aparece rara vez vuelve a sentarse en esa cocina.
En San Bernabé se saca un plato de carne cruda a la puerta cuando hay luna llena. Nadie explica por qué, y el que se entera tarde ya no puede dejar de hacerlo.
Don Amado rentó el cuarto cuatro en 1961 y puso tres condiciones. La renta se cobraba el día primero, en el zaguán, nunca adentro. Nadie preguntó nunca en qué se pagaba.