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Vienen de noche

Mi tío trabajó nueve años como guardabosques en una reserva del norte, en el puesto que ellos llamaban sector 7: una cabaña de tablón con radio, estufa y un cuaderno de protocolos escrito a mano por todos los guardias que pasaron por ahí. La mayoría de los protocolos eran normales. Cómo reportar un incendio. Qué hacer con un oso. El de la página doce no.

La página doce decía, con tres letras distintas de tres épocas distintas:

«Después de las 00:00, si escuchas a alguien pedir ayuda desde los árboles, NO salgas de inmediato. Responde por el altavoz y pide que diga su nombre completo dos veces. Los extraviados reales lo dicen distinto cada vez: la voz les tiembla, cambian el orden, agregan por favor. Lo otro lo dice idéntico. Exactamente idéntico, como una grabación. Si escuchas la misma frase dos veces sin una sola diferencia, apaga la luz exterior, traba la puerta y no respondas más hasta el amanecer, sin importar lo que la voz empiece a decir después. Y va a empezar a decir cosas.»

Mi tío se rió cuando lo leyó su primera semana. Los veteranos no se rieron con él, y eso debía habérselo dicho todo.

Le tocó una sola vez, su cuarto invierno. La 1:40 de una noche sin viento. Una voz de mujer, joven, desde la línea de pinos al oeste: «Ayúdenme, me perdí.» Clarísima. A cincuenta metros, máximo. Mi tío hizo el protocolo con el estómago apretado. «Diga su nombre completo dos veces.»

La voz lo dijo. Dos veces. Y mi tío, que me contó esto una sola vez y con la condición de que no le volviera a preguntar, decía que hasta ese momento él no sabía que la palabra «idéntico» podía dar miedo. No parecido: calcado. La misma micropausa entre nombre y apellido. La misma caída de tono al final. Dos veces la misma pista de audio, saliendo de un bosque a oscuras.

Apagó la luz. Trabó la puerta. Y la voz, dijo, hizo lo que prometía la página doce: empezó a decir cosas. Primero lloró. Después dijo su nombre —el de mi tío—, que él no le había dado. Después usó la voz de su madre, muerta hacía dos años, para pedirle que abriera, que hacía frío, que no fuera malo. Estuvo hasta las 5:10 de la mañana. Los últimos veinte minutos ya no fingió ninguna voz humana, y eso fue lo único de toda la noche que mi tío agradeció: por fin era honesta.

Al amanecer salió. En la nieve, desde la línea de pinos hasta la ventana de la cabaña, había huellas. De ida y de vuelta, muchas veces, toda la noche caminando en óvalo frente a la cabaña. Huellas descalzas, largas, con el talón demasiado atrás.

Renunció en primavera. Pero antes agarró el cuaderno y agregó una línea a la página doce, con su letra, debajo de las otras tres: «Tampoco abras si dice que es uno de nosotros. Nosotros nunca pedimos entrar. Tenemos llave.»

Nuestra camiseta Vienen de Noche muestra ese bosque bajo la luna. Si alguna vez acampas y escuchas tu nombre: ya sabes el protocolo.