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El Inquilino del Cuarto Cuatro

La casa de mi abuela tenía ocho cuartos alrededor de un patio con un limonero que nunca dio limones. Ella los rentaba a estudiantes, a viajantes de comercio, a señoras que se estaban escapando de algo y no lo decían. Todos duraban unos meses. Todos, menos el del cuarto cuatro.

Don Amado llegó en el sesenta y uno. Pagó un año por adelantado con billetes doblados con una precisión rara, como si los hubiera planchado. Traía una maleta chica y nada más. Mi abuela le puso tres condiciones, las mismas de siempre: no cocinar adentro, no meter visitas después de las diez, no fumar en el pasillo. Él aceptó sin discutir y luego le puso tres a ella.

Que nadie entrara a limpiar. Que no le tocaran la puerta antes de que se metiera el sol. Y que la renta se cobrara siempre el día primero, siempre en el zaguán, nunca dentro del cuarto.

Mi abuela dijo que sí porque el dinero era el dinero. Y porque el hombre tenía una manera de mirar que hacía difícil contestar otra cosa.

Yo lo conocí en el ochenta y ocho, cuando tenía siete años y me mandaban a la casa grande los fines de semana. Don Amado se sentaba en el patio ya de noche, con un vaso de agua que nunca se tomaba, y me preguntaba cosas de la escuela. Era amable. Se reía de mis chistes malos. Olía a ropa guardada mucho tiempo en un baúl.

Lo raro no fue él. Lo raro fue la caja de fotos.

La encontré ya de grande, cuando vaciamos la casa. Fotos de las posadas del patio, año con año, desde el sesenta y dos. En todas aparece Don Amado atrás, medio de lado, siempre en la misma esquina, junto al limonero. En la del sesenta y dos tiene como cuarenta años. En la del noventa y siete también.

Se lo enseñé a mi mamá. Ella nada más ordenó las fotos por año y me dijo que me fijara en otra cosa: en mi abuela.

En el sesenta y dos mi abuela era una mujer joven, bonita, de brazos fuertes. En el sesenta y ocho ya tenía el pelo blanco completo. En el setenta y cuatro le costaba subir el escalón del zaguán. Las vecinas decían que se le había echado encima la vejez de golpe, como una lluvia. Ella tenía sesenta y un años cuando se murió y el doctor que firmó el acta escribió, sin querer, noventa y uno. Lo tacharon después. Se ve la tachadura.

En el mismo baúl estaba su libreta de rentas. Ochenta páginas de números y nombres, todo con su letra apretada de maestra. Cuarto uno, cuarto dos, cuarto tres, cuarto cinco. Quién pagó, quién debía, quién se fue de noche sin avisar.

El cuarto cuatro tiene su propia columna. Nunca hay una cantidad anotada. Nada más una palomita y una frase corta, distinta cada mes, con la letra cada vez más temblorosa.

«Cobrado. Me dio frío toda la tarde.»

«Cobrado. No me acuerdo del camino de regreso.»

«Cobrado. Este mes me costó las manos.»

«Cobrado. Ya no me acuerdo de la cara de mi hermana.»

La última página no tiene fecha. Dice, con una letra que ya casi no es letra: «No se cobra en dinero. Se cobra en tiempo. El mío ya se acabó. Que lo cobre otra, si no, se lo cobra a la casa.»

Nosotros no vendimos la casa. La casa se cayó sola en el temblor del noventa y nueve, y en el terreno pusieron un estacionamiento. Pensé que ahí se terminaba.

Hace once años me cambié a una casa vieja en la calle de atrás, ocho cuartos, patio, un árbol que tampoco da nada. La renté por cuartos porque el sueldo no alcanzaba. El primer día encontré un sobre debajo de la puerta del cuarto cuatro, con billetes doblados con una precisión rara.

Cobro el día primero, en el zaguán, nunca adentro. Ya me acostumbré al frío. Ya no me acuerdo de dos veranos completos ni del nombre de mi primer novio, y hay mañanas en que me veo en el espejo y no reconozco de quién es esa cara.

Mi hija cumple dieciséis en noviembre. Ayer, sin pensarlo mucho, le pregunté si algún día le gustaría quedarse con la casa.

Dijo que sí.

Dijo que sí demasiado rápido, como si alguien ya se lo hubiera preguntado antes que yo.

Esta historia inspiró nuestro diseño Camiseta Vampiro: la eternidad es un misterio. Llévala puesta, por si alguna vez te toca cobrar la renta del cuarto cuatro.