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El Compadre

En mi pueblo había un perro sin dueño al que todos llamaban el Compadre. Era flaco, de pelaje color ceniza, y nunca ladraba. Nadie lo veía comer. Nadie lo veía llegar tampoco: un día estaba echado en una banqueta, con la cabeza sobre las patas, mirando una puerta cerrada.

Mi abuela decía que esa puerta era la que iba a abrirse pronto, pero hacia afuera, con los pies por delante.

Yo tenía ocho años cuando lo entendí. El Compadre se echó una noche frente a la casa de don Anselmo, el de la tlapalería, que estaba sano como un roble. A las tres de la madrugada se oyó el llanto. Al amanecer, el perro ya no estaba. Dos semanas después apareció frente a la casa de la maestra Lupe. Lo mismo. Con el tiempo aprendí a leer el pueblo así: no por las campanas, sino por la sombra gris que se acostaba junto a un zaguán.

Los vecinos le tenían miedo. Alguien le aventó una piedra una vez, y don Anselmo, ya viudo, se la quitó de la mano.

—No le hagas eso —dijo—. Él no trae nada. Nomás acompaña.

—¿A quién? —preguntó el muchacho.

—A los que no quieren ir solos.

Yo crecí con esa idea. Me fui a estudiar a la ciudad, regresé, enterré a mi abuela con el perro echado afuera de la iglesia, y nunca me pareció raro. Con los años me volví algo así como el cronista del pueblo: yo anotaba en una libreta cada vez que el Compadre se acostaba frente a una casa. Fechas, nombres, la hora del llanto. Treinta y un años de apuntes. Un día me puse a contar y noté algo que no había visto.

El Compadre no envejecía. En las fotos de las fiestas patronales de 1994 ya estaba al fondo, junto a un poste, con las mismas orejas caídas. Pero eso no fue lo que me heló. Fue la otra cuenta: en tantos años, nunca lo vi frente a una casa donde hubiera un niño. Nunca frente a una cuna. Siempre ante la puerta de alguien que ya había vivido lo suyo.

Entonces pensé en mi propia puerta.

Hace tres semanas, a las once de la noche, abrí la cortina y lo vi. Echado en mi banqueta, con la cabeza sobre las patas, mirando hacia mi casa. No sentí pánico. Sentí algo más raro, una especie de cortesía. Puse una silla junto a la ventana y me quedé despierto, con mi libreta, esperando el dolor, el mareo, lo que fuera.

No pasó nada. Ni esa noche ni la siguiente. El perro seguía ahí, quieto, con los ojos fijos en la puerta. Empecé a sacarle agua en un plato. No la tocaba. Le hablaba por la rendija y movía una oreja, nada más.

Ayer, al fin, salí a sentarme junto a él. Era un frío extraño el que le salía del cuerpo, como el de una piedra de río. Le dije que ya estaba listo, que si me iba a llevar, que no hacía falta esperar tanto.

El Compadre se levantó despacio. Por primera vez en treinta y un años lo vi mirarme a los ojos. Y entonces se dio la vuelta, cruzó la calle y se echó frente a la puerta de enfrente, la de la casa de mi hermana, donde yo vivo desde hace años porque ella se fue a la ciudad y me dejó cuidándola.

Me quedé en la banqueta unos segundos, sin entender. Luego me acordé de que mi hermana llamó esta tarde para decir que venía a verme, que venía con el niño.

Y que no sabía a qué hora llegaba.

Llevo toda la noche con la libreta abierta, sin poder escribir su nombre. Desde la ventana veo el plato lleno de agua y el bulto gris, tranquilo, sin prisa, en el lugar exacto donde se estaciona el carro cuando alguien viene de visita.

El perro y la figura de la guadaña existen fuera de esta historia, estampados en una playera. Es el diseño que nació de esta historia. Si ves uno parecido echado frente a tu puerta, no le avientes nada. Nomás acompaña.