En Puerto Calavera cuentan que todas las noches, cuando baja la marea, alguien barre la playa.
No se ve a nadie. Se oye. Un roce largo y paciente de ramas secas sobre la arena mojada, de un extremo de la bahía al otro, y luego de regreso. Los pescadores viejos dicen que es la Barredora, y que hay que dejarla trabajar. Mi abuelo me lo explicó una vez que me sorprendió asomado al balcón: “No le preguntes qué barre. Pregúntate qué dejó de aparecer”.
Yo era niño y no entendí. Ahora tengo setenta años y soy el último que vive frente al muelle.
La historia que me contaron es esta. Hace más de doscientos años llegó al puerto un barco sin bandera. Traía una tripulación de mujeres, todas con el pelo recogido en trenzas y un sombrero de ala ancha, y una capitana que no hablaba. Pagaron las provisiones con monedas negras de plata y pidieron una sola cosa: que nadie saliera a la playa entre la medianoche y el amanecer. Los del pueblo, que nunca han sido de obedecer, salieron.
A la mañana siguiente faltaban once personas. No hubo gritos ni rastros de pelea. La arena estaba lisa, peinada, como si nadie hubiera pisado jamás esa orilla. Y en el muelle, recargada contra el último poste, había una escoba de ramas atadas con cuerda de barco.
El barco ya no estaba. La capitana tampoco. Pero la escoba sí, y desde esa noche la playa amanece limpia de huellas, aunque el pueblo entero haya caminado por ella de día.
Mi abuelo era de los que no creían en nada, pero respetaba la escoba. La guardaba en la tienda de redes, detrás de la puerta, y cada primero de noviembre la llevaba al muelle y la dejaba un rato sobre el poste, “para que sepa que no la hemos olvidado”. Cuando él murió, la escoba pasó a mí.
Durante años cumplí el rito sin pensar. Hasta el invierno pasado, cuando mi hija vino a verme desde la capital con su esposo y no quiso entrar a la casa. Se quedó parada en el umbral, mirando la playa.
—Papá, ¿tú escuchas eso?
Le dije que era la marea. Ella negó con la cabeza.
—No. Es alguien barriendo. Y está más cerca cada noche.
Esa noche me quedé despierto. A la una de la mañana lo oí: el roce de las ramas sobre la arena, lento, parejo. Me asomé por la ventana y la playa estaba vacía y brillante bajo la luna. Pero la franja limpia ya no se detenía en el muelle. Subía por el malecón, cruzaba la calle y llegaba hasta la puerta de mi casa. Un camino liso, sin una sola marca, como el de una alfombra recién tendida.
Entonces entendí lo que me dijo mi abuelo.
Fui a la tienda de redes. Detrás de la puerta no estaba la escoba. Había una trenza de pelo atada con cuerda de barco, y junto a ella, en el polvo, una sola frase marcada con un dedo: Ya casi termino contigo.
Salí corriendo a buscar a mi hija. Su cuarto estaba abierto, la cama tendida, la maleta cerrada y acomodada contra la pared. Su esposo dormía en la cama de al lado, profundamente, sin sospechar nada. Ella no estaba. Por la ventana vi, en la arena, la última hilera de la franja limpia, que terminaba justo en el borde del agua.
Esperé hasta el amanecer. Mi hija volvió caminando por el malecón, despeinada, con los zapatos en la mano. Dijo que había salido a respirar y que se había quedado dormida en una banca. Se rió de mi cara. Su esposo también, desde la cama.
Los acompañé a la estación esa mañana. Ella me abrazó, me dio las gracias por la hospitalidad y me llamó “señor”. Su esposo no notó nada. Yo no dije nada, porque entendí que nunca me creería nadie.
Desde entonces la franja limpia llega todas las noches hasta mi puerta. Esta madrugada ya no se detiene en el umbral. Sube las escaleras. Y mientras escribo esto, el roce de las ramas suena justo del otro lado de la pared de mi cuarto.
La bruja de la escoba, la calavera y el sombrero de pirata existen fuera de esta historia, estampados en una playera. Es el diseño que nació de esta historia. Si algún día oyes barrer en una playa vacía, no salgas a ver. Deja que termine.