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El Ojo del Rompecabezas

En la casa de mi tío Anselmo, en Zacatlán, había una mesa de comedor que nadie usaba para comer. Estaba pegada a la ventana, con una lámpara de brazo encima, y sobre ella un rompecabezas de mil catorce piezas que mi tío armaba cada invierno y desarmaba cada primavera. Era una cabeza de toro, negra sobre negro, con un solo detalle de color: el ojo.

Lo curioso es que nunca lo terminaba. Armaba todo, el marco, los cuernos, el hocico, las sombras que son lo más difícil, y dejaba un hueco del tamaño de una uña justo donde iba el ojo. Mi mamá decía que era mañoso. Mi tío contestaba que la última pieza no se pone, que se guarda.

Murió en octubre, de repente, sentado en esa misma silla. Lo encontró la vecina por la mañana con la lámpara todavía prendida y una pieza apretada en la mano. No era del toro. Era un cuadrito de cartón gris, cortado a tijera, sin nada impreso.

Mientras arreglábamos la casa, yo me quedé con el rompecabezas. Dentro de la caja, doblada en cuatro, había una nota de su letra apretada: “No lo termines. Quien pone el ojo se queda mirando desde el otro lado.”

Me reí. Lo digo porque quiero que se entienda cómo era yo esa tarde: me reí, me serví un café y me senté en su silla.

Busqué la pieza del ojo en la caja y no estaba. Busqué debajo de la mesa, entre las tablas del piso, en los bolsillos del saco que mi tío dejó en el respaldo. Nada. Entonces saqué el cuadrito de cartón gris, le dibujé encima un círculo con el plumón del cajón y lo metí en el hueco. Entró justo, sin forzarlo, como si el hueco llevara años esperando exactamente ese tamaño.

Y el toro me miró.

No quiero exagerar. No se movió ni nada de eso. Pero cuando uno ve una imagen sabe que es una imagen, y esa tarde dejé de saberlo. Sentí la mirada del mismo modo que se siente a alguien parado detrás, un peso tibio en la nuca. Apagué la lámpara, y el ojo de plumón siguió ahí, más oscuro que el resto.

Dormí en el sillón de la sala, con la luz del pasillo prendida. A las tres de la mañana escuché el golpecito seco de una pieza de cartón al caer sobre madera. Luego otro. Y otro. Alguien estaba armando algo con mucha paciencia.

No me levanté. Me quedé escuchando hasta que amaneció.

En la mesa el rompecabezas estaba intacto y completo, con el ojo negro en su lugar. Pero había algo distinto en el marco, abajo, del lado de la silla. Un hueco. Pequeño, del tamaño de una uña, justo donde una persona sentada pondría las manos.

Mi mamá llegó a las diez con las cajas para la ropa. Pasó junto a la mesa, se asomó, y dijo en voz alta, hablándole al cuarto: “Mira nada más. Anselmo nunca lo terminó.”

Yo estaba parada a un metro de ella. Le dije “mamá”. Le dije “mamá” otra vez, más fuerte.

Siguió doblando el saco de mi tío, tarareando, con la mirada pasando por mí como pasa por una pared.

Lo escribo aquí con la mano sobre la mesa, porque es lo único que todavía puedo mover con la suficiente calma. Ya intenté levantarme de la silla tres veces. Cada vez que lo intento, el hueco del marco se me hace un poco más ancho.

No terminen ningún rompecabezas que alguien les deje a medias.

Esta historia inspiró nuestro diseño Rompecabezas Cabeza de Toro, de 110 a 1014 piezas. Si en tu casa hay uno con un hueco que nadie quiere llenar, déjalo así. Alguien lo está esperando.