Mi tía Corina murió en marzo y me dejó la casa de Tlalpujahua, tres gatos que se fueron solos a los dos días y una caja de cartón con una sola cosa adentro: un oso de peluche con una playera color vino, estampada con una calavera de toro. Tenía los ojos de botón cosidos con hilo negro, distinto al resto de la costura. Alguien los había cambiado.
Lo senté en el buró y me olvidé de él.
La primera mañana estaba en el piso, junto a la cama. Pensé que lo había tirado yo dormida. La segunda, estaba sentado contra la puerta del cuarto, de espaldas a mí, mirando el pasillo. La tercera, lo encontré en el mismo lugar, pero con las patas estiradas hacia el frente, como quien se sienta a esperar algo que ya viene.
Le conté todo a doña Chelo, la vecina, mientras me regalaba tortillas. Ella dejó de masticar.
—¿Y de qué lado de la puerta lo encuentras? —preguntó.
—Del lado de adentro. De mi lado.
—Qué bueno —dijo, y se persignó sin que yo entendiera por qué—. Tu tía lo cosía de nuevo cada año. Decía que le gastaban los ojos de tanto vigilar.
No quise preguntar qué vigilaba. Esa noche cerré con llave, puse el oso en el closet y le atoré la puerta con una silla. Me dormí con la luz prendida.
Desperté a las tres y diez. Lo sé porque el reloj de la sala dio un solo golpe, de esos que no corresponden a ninguna hora. El closet estaba abierto. La silla seguía en su lugar, pero movida un palmo, con cuidado, sin ruido, igual que se mueve un mueble en una casa donde hay alguien dormido.
El oso estaba otra vez contra la puerta. Pero ahora la playera tenía rasgones, cuatro líneas paralelas que cruzaban la calavera. Y no eran de afuera hacia adentro. Los hilos se doblaban hacia el pasillo.
Entonces oí lo que el oso había estado oyendo todas las noches. Un roce lento en la madera, a la altura de mi rodilla. No era un arañazo. Era el sonido de unos dedos pequeños que se recorren la puerta buscando la manija, con la paciencia de quien sabe que alguien, tarde o temprano, abre.
No abrí. Me senté en la cama con la sábana hasta la barbilla y miré el hilo negro de los ojos del oso, que no parpadeaba, claro, pero que de algún modo parecía hacerme una pregunta. Hacia el amanecer el roce se detuvo. Alcancé a oír unos pasos que se alejaban, descalzos, y una risita corta, como de niña que perdió el juego.
Por la mañana levanté el peluche. Tenía el cuerpo tibio. Entre las costuras del cuello, cosido a mano con la letra apretada de mi tía, encontré un trozo de tela con un nombre: Corina. Debajo, en otra tinta y en otro año, otro nombre que no conocía: Luz. Y debajo de ese, con el hilo todavía fresco, había un espacio en blanco con la aguja prendida en el borde.
Doña Chelo vino al mediodía y vio el trapo. No dijo nada. Fue a su casa y volvió con una bolsita de costura.
—Cada mujer de esta familia lo cuidó hasta que le tocó irse —me dijo—. Lo que está en el pasillo no se cansa. Solo se acuerda de quién lo cuidaba antes.
Esta noche voy a dejar la puerta cerrada, el oso sentado de mi lado y la luz prendida. Pero ya escribí mi nombre en el trapo con la aguja que dejó mi tía. No sé por qué lo hice. Ahora, cuando lo miro, el oso me parece más pequeño que ayer, y yo, de pronto, tan cansada de vigilar.
El peluche existe fuera de esta historia, con su playera color vino y su calavera de toro. Es el diseño que nació de esta historia. Si te lo llevas, revisa bien las costuras del cuello.