En el pueblo de mi madre nadie decía «bruja». Se decía «la que sabe», y se decía bajito, con la barbilla apuntando hacia el cerro, como si nombrarla de frente fuera tocarle el hombro.
Yo tenía nueve años la primera vez que me mandaron. Mi madre llevaba cuatro días con una fiebre que no bajaba ni con hielo ni con las inyecciones de la clínica, y mi abuela decidió que ya estaba bueno de esperar. Me envolvió un bulto en un trapo blanco, me lo puso en las manos y me dio las reglas como quien reza: sales cuando todavía hay luz, regresas cuando ya no la haya. No tocas la puerta. No das las gracias. Y pase lo que pase, no volteas.
El camino subía entre nopales y piedra suelta. Recuerdo el olor a tierra caliente enfriándose, el ruido de mis huaraches, y el momento exacto en que los grillos dejaron de sonar. Fue como cruzar una cortina. Del otro lado estaba la casa: blanca, chaparra, con las ventanas tapadas por dentro con manta. De la rendija de la puerta salía humo de copal y algo más, un olor verde y amargo que después aprendí a reconocer como ruda.
Dejé el bulto en el escalón, como me habían dicho, y hablé hacia la madera.
—Mi mamá tiene calentura. Cuatro días.
Tardó en contestar. Cuando lo hizo, la voz no venía de la puerta sino de más adentro, de un cuarto al fondo, y sonaba como si hablara despacio para no gastarse.
—¿Y qué traes?
Le dije lo del trapo: café del bueno, dos velas, un billete que mi abuela había doblado hasta dejarlo del tamaño de una uña. Pensé también en mi elefantito de vidrio, el que cargaba en la bolsa del vestido y que era lo único mío que era mío. Estuve a punto de ofrecerlo.
—Eso no —dijo la voz, antes de que yo abriera la boca—. Lo otro.
Me quedé callada. Sentí el vidrio frío contra la pierna.
—¿Qué es lo que más quieres, niña?
No lo pensé. A los nueve años uno no piensa esas cosas, uno las tiene atoradas en la garganta desde siempre.
—A mi mamá.
Hubo un silencio largo. Después, del otro lado de la puerta, algo se acomodó en una silla de madera.
—Ya está.
Bajé el cerro sin voltear. Detrás de mí, en algún punto del camino, empezaron a sonar unos pasos que llevaban exactamente mi ritmo, y que se detenían cuando yo me detenía. Llegué a la casa con las uñas enterradas en las palmas. Esa madrugada la fiebre de mi madre se rompió. Al tercer día ya estaba lavando en el patio, cantando, como si nunca hubiera pasado nada.
Mi madre murió el otoño siguiente. No estaba enferma. Se acostó un jueves y no despertó el viernes. Tenía cuarenta y un años y en el acta escribieron «paro», que es la palabra que usan cuando no hay palabra.
Tardé treinta años en volver a subir ese cerro. Volví porque mi hija llevaba cuatro días con una fiebre que no bajaba, y porque hay conocimientos que uno guarda sin querer, como una llave que no sirve para nada hasta la noche en que sirve.
De la casa ya no quedaba casa. Quedaban dos muros a la altura de la rodilla y un cuadro de piso donde no crecía nada. En el pueblo me dijeron que esa señora había muerto mucho antes de que yo naciera, que llevaba más de sesenta años enterrada en el panteón viejo, que seguro me estaba acordando de otra persona.
Dejé el bulto sobre las piedras de todos modos. Café, dos velas, un billete doblado. Y hablé hacia donde había estado la puerta.
—Mi hija tiene calentura. Cuatro días.
Nadie preguntó nada. No hizo falta. Yo ya sabía cuál era la pregunta y me sorprendió lo rápido que me llegó la respuesta, sin que yo la dejara pasar por la boca, nada más pensándola, con toda la fuerza con que se piensan esas cosas.
Bajé sin voltear. Los pasos venían atrás, llevando mi ritmo.
Cuando abrí la puerta de mi casa, mi hija estaba sentada en la cama, fresca, despierta, tomando agua sola. Me miró con esa cara de asombro tranquilo que ponen los niños cuando algo les parece obvio y a uno no.
—Mamá —dijo—, ¿y la señora que venía atrás de ti no va a pasar?
Este año mi hija cumple nueve. Todavía no le enseño las reglas. Pero anoche la oí hablando sola frente a la ventana, contándole a alguien, muy bajito, cuál es la cosa que ella más quiere en el mundo.
Esta historia inspiró nuestro diseño Camiseta de Bruja: la magia reside en lo desconocido. Llévala puesta, por si alguna noche te toca subir el cerro.