Los arrieros de la sierra de Zongolica tienen una regla para el paso del Cerro Blanco: si en la nieve ves huellas que van en tu misma dirección, no las sigas. Si ves huellas que vienen hacia ti, tampoco. Lo que sí puedes hacer es contar los pasos entre una y otra. Si el espacio es de un metro, sigue tu camino. Si es de más, ponte a rezar.
Me lo explicó don Ausencio la noche que nos agarró la ventisca en el refugio de piedra, a media subida. Éramos cuatro: él, su sobrino Beto, un topógrafo de la capital que se llamaba Ruiz y yo, que cargaba las mulas y no hacía preguntas. Ruiz se rió de la regla. Dijo que la altura nos hacía ver cosas y que las huellas eran de zorros, o de osos que ya no había.
Don Ausencio no discutió. Sólo apagó la lumbre a la mitad, para que durara, y dijo que a esa altura el frío es lo de menos.
Esa noche el viento paró de golpe, como cuando alguien cierra una puerta. Beto salió a orinar y regresó callado. Se sentó junto a mí y no quiso decir nada hasta que amaneció. Entonces me dijo en voz muy baja que afuera, a unos treinta pasos del refugio, había un círculo de huellas en la nieve. Eran grandes, de pie descalzo, con los dedos muy separados. Daban toda la vuelta al refugio, una sola vez, y volvían al monte.
Ruiz salió a verlas con su cuaderno. Midió una. Dibujó otra. Estaba tan contento que no se dio cuenta de lo que don Ausencio ya había notado: el círculo estaba completo menos en un lado, justo frente a la puerta. Ahí no había huellas. Había un hueco liso, del tamaño de un cuerpo agachado, como si alguien se hubiera quedado un rato mirando por la rendija sin moverse y luego se hubiera ido sin dejar rastro.
Bajamos ese día. No pasó nada en el camino, y eso fue lo que más nos pesó. Ruiz fue el único que no tenía miedo. Decía que había encontrado un hallazgo y que volvería en primavera con gente y con cámaras.
Volvió. Don Ausencio ya no quiso guiarlo. Beto tampoco. Subió con otros dos hombres de la capital, y a la semana bajó uno solo de ellos, el más joven, sin botas y con los pies envueltos en el abrigo de otro. No habló en tres días. Cuando habló, sólo contó lo de las huellas.
Dijo que la primera noche habían encontrado el círculo otra vez, completo. Ruiz estaba feliz. La segunda noche, el círculo estaba más cerca del campamento. La tercera, las huellas llegaban hasta las tiendas de campaña, y entre ellas y la lona ya no había espacio para contar nada.
Dijo que Ruiz salió a medianoche con su cuaderno, porque quería ver quién caminaba. Que lo oyeron hablar bajito, como se le habla a alguien que acaba de llegar. Que no se oyó ningún grito, y que por la mañana había huellas que se iban monte arriba, de un solo par de pies descalzos, hundidos hasta el tobillo en la nieve, como de alguien que camina con calma y sin cargar nada.
Eran de pies humanos, chicos, sin dedos muy abiertos. Eran de Ruiz.
Don Ausencio me contó el final años después, ya viejo. Dice que la regla de las huellas nunca fue para saber cuánto mide lo que te sigue. Dice que se cuentan los pasos para saber quién va adelante y quién atrás, porque en la sierra hay algo que no se conforma con mirar. Aprende a caminar como uno, y cuando ya lo hace bien, se sienta a esperar que alguien lo siga.
Yo todavía cuento los pasos. Hace dos inviernos, bajando del Cerro Blanco, conté los míos y los de atrás. Salían parejos, uno por uno, a un metro exacto, y yo iba solo.
Esta historia inspiró nuestro diseño Funda Yeti Bigfoot, criatura de leyenda para iPhone. Es el diseño que nació de esta historia. Si alguna vez bajas de un monte nevado y tus pasos suenan de más, no voltees: sólo cuéntalos.