Toda ciudad tiene una casa así. La nuestra es la casa Aldana: dos pisos de ladrillo comido, jardín ahogado en hierba, ventanas tapiadas con tablones que nadie recuerda haber puesto. Y el letrero. Madera vieja, letras blancas: NO ENTRAR.
Lo raro del letrero no es lo que dice. Es que las letras siempre están frescas. La casa se cae a pedazos desde hace cuarenta años, pero la pintura del letrero nunca tiene más de meses. Alguien lo repinta. Nadie sabe quién. El municipio dice que no es suyo. Los vecinos juran que no son ellos, y les creo, porque los vecinos ni siquiera caminan por esa acera.
Cuando teníamos dieciséis, mi amigo Damián decidió que el letrero era una invitación. Así funcionaba su cabeza: toda prohibición era una puerta con el nombre mal puesto. Fuimos cuatro. Saltamos la reja un viernes a las once de la noche, con linternas y la valentía química de los dieciséis años.
Yo llegué hasta el porche. Ahí me detuvo una cosa muy simple y muy difícil de explicar: el silencio tenía borde. Afuera del porche sonaban los grillos, un perro lejos, la ciudad. Un paso adentro, nada. No menos ruido: cero ruido, como meter la cabeza en agua. Me bajé del escalón y el mundo volvió a sonar. Lo dije en voz alta y nadie me hizo caso.
Damián entró solo. Lo vimos por las rendijas de los tablones: el círculo de su linterna barriendo un pasillo, subiendo una escalera. Lo vimos perfectamente porque la luz se movía con calma, sin miedo, como si Damián hubiera entrado a su propia casa. Estuvo dentro cuatro minutos. Salió caminando normal, con la linterna apagada, y pasó junto a nosotros sin hablar.
No habló en todo el camino de regreso. No habló en tres días. Cuando por fin volvió a hablar era Damián otra vez —o casi—, pero nunca nos contó qué había arriba, y desarrolló dos costumbres que conservó hasta que su familia se mudó de la ciudad: dormía con la luz prendida, y cada tanto, a mitad de una conversación, volteaba hacia atrás como quien oye que lo llaman por su nombre.
La última vez que supe de él fue hace dos años, un mensaje de madrugada desde un número que no tenía guardado: «¿El letrero sigue?» Le mandé una foto. Lo habían repintado otra vez.
Respondió una sola cosa y después el número me bloqueó: «Bien. Mientras esté fresco, quiere decir que todavía no sale.»
Yo ya no pregunto quién pinta el letrero. Empiezo a sospechar que la pregunta correcta nunca fue quién. Es desde dónde.
Nuestra camiseta Casa Maldita | No Entrar es para los que entienden que hay letreros que no prohiben: protegen.