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Ocho Tiempos

En Tepetlán hay un salón que no se renta. Está arriba de la mercería de doña Chelo, tiene un letrero descolorido en la ventana y se sube por una escalera de fierro que da a la calle. Si alguien pregunta el precio, doña Chelo contesta que ya está apartado. Lleva veintiséis años contestando lo mismo.

Ahí hubo una academia de ballet. La abrió Elvira Nájera cuando regresó de la capital con una lesión en la cadera y la idea de que al pueblo le hacía falta algo bonito. Mandó poner un espejo de pared a pared, una barra de tubo galvanizado y subió su tocadiscos. Cobraba poco. Daba clase los martes y los jueves, y los sábados ensayaba aparte con las que iban a bailar en la clausura.

Entre ésas estaba Marisol Prado.

De Marisol se dicen dos cosas y las dos son ciertas: que no tenía el cuerpo para el ballet y que de todos modos era la mejor. Era ancha de hombros, se cansaba pronto, se le ponía la cara roja. Y aun así uno se quedaba viéndola a ella y no a las otras. Elvira le armó una variación de minuto y medio, ella sola en el escenario, y Marisol se la aprendió en dos semanas. Toda, menos los últimos ocho tiempos.

Esos ocho tiempos no le salían. No es que los hiciera mal; es que llegaba al siete y se detenía, como quien va bajando una escalera a oscuras y tantea un escalón que no está. Elvira se los explicó de todas las maneras que sabía. Se los contó en voz alta, se los marcó con las palmas, se los bailó ella misma aunque la cadera le ardiera. Nada.

La noche antes de la clausura, Marisol pidió quedarse a ensayar sola. Elvira le dejó la llave y se fue a dormir a casa de su hermana, que vivía a la vuelta. Dice que hasta como a las dos de la mañana se oía el disco empezar y volver a empezar.

En la mañana el salón estaba cerrado por dentro. Tuvieron que quitar la puerta. Adentro no había nadie. El tocadiscos seguía girando con la aguja en el silencio del final, la barra estaba en su lugar, el espejo entero. En una esquina, la bolsa de Marisol con su suéter y sus zapatillas todavía guardadas en su funda de tela.

La buscaron un mes. Después, menos. Usted sabe cómo es eso.

Elvira cerró la academia y no volvió a dar clase. Vivió otros veinte años en el pueblo y cada vez que alguien le tocaba el tema contestaba lo mismo, que Marisol se había ido a la capital. Lo decía sin enojo, como quien repite una dirección.

Lo del conteo empezó después.

Los que viven pegados a la mercería lo describen igual: no es una voz. Es el piso. Un golpecito de madera, otro, otro, con su ritmo parejo, siempre de noche y siempre la misma cuenta. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete. Y ahí se queda. Un silencio largo, y vuelve a empezar desde el uno.

Los muchachos se retan a subir la escalera de fierro y pegar la oreja a la puerta. Casi todos se arrepienten a media escalera. Los que llegan dicen que arriba se oye más despacio, como si el que ensaya tuviera todo el tiempo del mundo y ninguna prisa por acabar.

Yo no me metía en eso. Yo pasaba por ahí a comprar estambre y ya.

Hace dos meses bajé por agua a la cocina y encontré a mi hija Renata parada frente a la ventana. Once años. Nunca ha tomado una clase de nada. Estaba con los pies en una posición que no le conozco a nadie de mi familia, el brazo levantado, moviéndose despacito y contando en voz bajita.

Le pregunté qué hacía. Me dijo que estaba practicando.

Le pregunté quién le había enseñado. Me dijo que la señorita de arriba de la mercería, que le enseña de a poquito porque si le enseña todo junto se le olvida.

Le dije que se fuera a dormir y se fue a dormir. No lloró, no se asustó, no hizo drama. Se acostó como cualquier niña a la que le dicen que ya es tarde.

Desde entonces no la he vuelto a ver haciéndolo, y no he preguntado. En este pueblo uno aprende a no preguntar.

Lo único es que ahora yo también me despierto a esa hora y me quedo oyendo el piso, aunque vivo a cuatro cuadras y no debería llegarme nada.

Anoche conté hasta ocho.

Esta historia inspiró nuestro diseño Camiseta Esqueleto Bailarina, para Halloween y danza. Si alguna vez te descubres contando en voz baja sin acordarte por qué, ya sabes quién te está enseñando.