La Que Sabe
En el pueblo nadie la llamaba bruja. Se le dejaba una ofrenda en el escalón, se pedía en voz alta y no se volteaba al bajar el cerro. Nadie advertía cuál era el precio real.
En el pueblo nadie la llamaba bruja. Se le dejaba una ofrenda en el escalón, se pedía en voz alta y no se volteaba al bajar el cerro. Nadie advertía cuál era el precio real.
Los guardabosques del sector 7 tienen un protocolo extraño: después de medianoche, si alguien llama pidiendo ayuda entre los árboles, hay que verificar tres veces antes de salir. La voz casi siempre es exacta. Casi.
El lago del pueblo devuelve todo lo que se le cae: remos, lentes, llaves. Todo aparece en la orilla al día siguiente. Todo menos lo que se lleva a propósito.
El letrero de la casa Aldana no dice «peligro de derrumbe» ni «propiedad privada». Dice «NO ENTRAR», y lo repintan cada año. Nadie sabe quién.
Los eclipses no son un fenómeno astronómico, decía el cuaderno del tatélite del observatorio abandonado. Son un turno.
En el pueblo de la abuela de Marcos hay una regla que nadie explica: entre las tres y las cuatro de la mañana no se enciende ninguna luz. Marcos encendió una vela.
Un cuervo aparece en la ventana de Elena cada noche a las 3:33. No grazna. Solo la mira. Hasta que una noche trae algo en el pico.